Y, hace un par de días, apareció de pronto en ese pensamiento una vieja canción, canción de aquellos
tiempos, dónde la carta era de uso corriente… de aquella época, en la que uno
enviaba y recibía cartas con bastante asiduidad…
“A veces llegan cartas con sabor
amargo, con sabor a lágrimas
A veces llegan cartas con olor a espinas que no son románticas…
Cartas de amor, cartas de
alegría, de tristeza… cartas que compartían vida con vida, sentimientos… Cartas
que ya no se escriben… cartas que ya no transmiten todo aquello, que nos hacía
esperar aquella carta que nos traería las noticias de alguien a quién
queríamos…
Uno, que comenzó a escribir cartas desde temprana edad; aún recuerdo aquella primera carta dirigida a mi amigo Moncho; era hacia finales de marzo del año 66, desde Vigo, el día antes de embarcar rumbo a Buenos Aires.
Una carta descriptiva (el asombro ante el tranvía, el ascensor del hotel, el puerto, el barco en el que iba a pasar 15 ó 16 días, la ciudad en sí…). Una carta alegre, que intentaba explicar la emoción por la aventura que estaba emprendiendo aquél niño de 11 años. Una carta triste, por lo que dejaba atrás: casa, parte de la familia, amigos, escuela…
Las cartas, las cartas fueron
mi salvación, sobre todo en aquellos primeros años en una nueva ciudad, en un
nuevo entorno, completamente diferente…
Las cartas, sobre todo para las personas tímidas, permitían decir todo aquello, que verbalmente era mucho más difícil…
Las cartas, sobre todo para las personas tímidas, permitían decir todo aquello, que verbalmente era mucho más difícil…
“Son cartas que te dicen que al estar
tan lejos todo es diferente
Son cartas que te hablan de que en la distancia el amor se muere
A veces llegan cartas que te hieren dentro, dentro de tu alma”
A partir de ahí, comenzó mi “carrera epistolar”, ingente, constante y periódica… En esa carrera, tuvo mucho que ver,-prácticamente todo- mi prima Mabel, a la que luego se sumaría, la que más tarde sería mi prima Alicia, que me incentivaron y ayudaron a entrar en ese mundo apasionante.
Amistades, Familia y Amores fueron mis destinatarios durante mucho tiempo. Aunque, curiosamente, mi mayor intercambio epistolar ha sido con mujeres…, ya que era muy fácil escribir para y con ellas… y con ellas, aprendí muchísimo de emociones, sentimientos y de la vida… ¡Gracias!
“A veces llegan cartas con sabor a gloria,
llenas de esperanza
A veces llegan cartas con olor a rosas que sí, son fantásticas”
Uno que es heredero de una tradición epistolar de los
siglos XIX y XX, consideraba las cartas como algo muy normal y habitual, sobre
todo cuando el teléfono era escaso o era caro, sobre todo en llamadas a media y
larga distancia, además de tener que esperar horas para obtener la
“conferencia”
Cuánto sentimiento, cuántas
emociones no habremos transmitido en esa correspondencia escrita durante años…
A medida que el teléfono se fue generalizando, y la vida nos iba exigiendo nuevos retos, la carta fue descendiendo en intensidad, hasta casi desaparecer al día de hoy…
A medida que el teléfono se fue generalizando, y la vida nos iba exigiendo nuevos retos, la carta fue descendiendo en intensidad, hasta casi desaparecer al día de hoy…
Aquella emoción al escribir,
enviar, y sobre todo esperar la respuesta, ha desaparecido. La misma emoción,
que se tenía, al llegar a casa, abrir el sobre, y buscar un sitio tranquilo,
para deleitarnos con la respuesta, y los nuevos temas que aparecían, que
lograban encadenar, una especie de historia interminable.
Podría aventurarse que, el correo electrónico, ha reemplazado a la correspondencia escrita, pero su inmediatez y hasta su lenguaje, lo hacen diferente…
Quiero hacer también una
mención especial a la correspondencia comercial, de la cual también soy deudor
y tributario al mismo tiempo…
Hoy, apenas se ven cartas
comerciales, con una redacción adecuada, con formato estructurado, con estilo…
¡Cuánto se aprende escribiendo y leyendo cartas!
¡Cuánto menos sabríamos de la historia de la humanidad y de nosotros mismos, sin las cartas!
Uno que ha escrito cientos de
cartas, y ha recibido otras tantas, de las que guardo gran parte,
cree que la escritura epistolar, es/era una magnífica forma de expresar, todo
aquello que se siente, ayudando además a pensar, y a hilvanar esos pensamientos
en un papel…
¿Cuántos Te amo, Te extraño…
no se habrán escrito?
¿Cuánto AMOR, PASIÓN, NOSTALGIA, no se habrán escrito en un papel de carta?
¿Cuántas lágrimas, de
tristeza, de pasión, de amor no correspondido, de desamor y de amor, no se
habrán escrito en ese papel?
¿Cuántos besos y abrazos se
habrán enviado? ¿Cuánta ternura no se ha volcado en aquél papel de cartas de
antaño?
Cartas, muchas perdidas, en distintas mudanzas, que como los tiempos idos,muchas de ellas han quedado extraviadas en el pasado...olvidadas en un cajón, o guardadas en el fondo de alguna caja, como si fuera un tesoro, atadas con una cinta, como queriendo abrazar a aquél o aquella que las ha escrito...
Cartas que todavía guardan el perfume de quién las ha escrito... Cartas... Cartas...
Sin embargo, otras, que se habían perdido en ese tiempo ido, se han recuperado y cobrado vida por el azar que forma parte de nuestro recorrido...
Cartas que anunciaban vida... Cartas que anunciaban muerte...
Siempre me he preguntado, como sería la cara y la reacción de alguien, al recibir aquella carta que está esperando, aquella que le anuncia el nacimiento de un hijo... A veces me he imaginado, cuál fue la cara que puso mi padre, cuándo recibió aquella carta, en la cuál mi madre le informaba de mi nacimiento...
Pero, también guardo en mi memoria, a través de la transmisión oral de mi familia, el tremendo dolor de esa familia, cuándo mi abuela materna, le entregan una carta, y la lleva en el bolsillo hasta mi casa, una carta de mi padre, que ella muy alegre le entrega a su marido -mi abuelo-, pensando, que era el anuncio que él -mi padre- o alguno de sus dos hijos, volvía a casa pronto...
Esa carta, aquella carta, era portadora de noticias de muerte... de la muerte de su hijo -mi tío-, que en su día libre, se fue con sus amigos al mar... a aquél mar que lo reclamó para la eternidad..., en aquella lejana Venezuela de entonces... Aquella carta, llegó el día de la fiesta de mi aldea...
Ella -mi abuela- llevó en sus bolsillos aquella carta de muerte, la muerte de su hijo... y, simplemente, la razón de no abrirla, en aquella época era muy explicable: ¡no sabía leer!
Cartas que comunicaban dicha y alegría... Cartas que anunciaban muerte y dolor... Cartas, Cartas...
Hoy, que la correspondencia epistolar, prácticamente está desaparecida, uno se encuentra, como aquél personaje de García Márquez, en “El coronel no tiene quien le escriba”, que cada día bajaba al muelle, para ver si había llegado alguna carta… El muelle,-el buzón- dónde solo llegan facturas o folletos publicitarios… El buzón electrónico, donde la brevedad y la forma de lo escrito, hace que uno sienta nostalgia de aquellas cartas, largas y profusas en hechos, descripciones, sentimientos, detalles…
Cartas que todavía guardan el perfume de quién las ha escrito... Cartas... Cartas...
Sin embargo, otras, que se habían perdido en ese tiempo ido, se han recuperado y cobrado vida por el azar que forma parte de nuestro recorrido...
Cartas que anunciaban vida... Cartas que anunciaban muerte...
Siempre me he preguntado, como sería la cara y la reacción de alguien, al recibir aquella carta que está esperando, aquella que le anuncia el nacimiento de un hijo... A veces me he imaginado, cuál fue la cara que puso mi padre, cuándo recibió aquella carta, en la cuál mi madre le informaba de mi nacimiento...
Pero, también guardo en mi memoria, a través de la transmisión oral de mi familia, el tremendo dolor de esa familia, cuándo mi abuela materna, le entregan una carta, y la lleva en el bolsillo hasta mi casa, una carta de mi padre, que ella muy alegre le entrega a su marido -mi abuelo-, pensando, que era el anuncio que él -mi padre- o alguno de sus dos hijos, volvía a casa pronto...
Esa carta, aquella carta, era portadora de noticias de muerte... de la muerte de su hijo -mi tío-, que en su día libre, se fue con sus amigos al mar... a aquél mar que lo reclamó para la eternidad..., en aquella lejana Venezuela de entonces... Aquella carta, llegó el día de la fiesta de mi aldea...
Ella -mi abuela- llevó en sus bolsillos aquella carta de muerte, la muerte de su hijo... y, simplemente, la razón de no abrirla, en aquella época era muy explicable: ¡no sabía leer!
Cartas que comunicaban dicha y alegría... Cartas que anunciaban muerte y dolor... Cartas, Cartas...
Hoy, que la correspondencia epistolar, prácticamente está desaparecida, uno se encuentra, como aquél personaje de García Márquez, en “El coronel no tiene quien le escriba”, que cada día bajaba al muelle, para ver si había llegado alguna carta… El muelle,-el buzón- dónde solo llegan facturas o folletos publicitarios… El buzón electrónico, donde la brevedad y la forma de lo escrito, hace que uno sienta nostalgia de aquellas cartas, largas y profusas en hechos, descripciones, sentimientos, detalles…
Fueron, las cartas, el único vínculo y la única manera de tener noticias de los seres amados, que estaban lejos, que han tenido las personas, y además disponer de información de lo que ocurría en otras partes del mundo lejano… pero también, en aquél mundo, que siendo cercano en la distancia, se convertía en lejano, por las dificultades de traslado de uno a otro sitio…
Son cartas que te dicen que regreses pronto, que desean verte
A veces llegan cartas que te dan la vida, que te dan la calma
Fue, la forma de mantener la
llama de la esperanza, del amor, del recuerdo de todos aquellos seres queridos
que se habían tenido que ir de su casa, de su aldea, de su pueblo o de su país;
esposas, padres, hijos y el resto de la familia esperaban ansiosos noticias de
cada uno de ellos…
¡Con que anhelo se esperaba
aquella carta y con cuánta esperanza se abría el sobre, de aquél papel que
llegaba de allende los mares, de cualquier país o de cualquier ciudad!
¡Aquella foto que acompañaba
a la carta, escrita con esfuerzo muchas veces e, incluso, muchas de ellas se
habían hecho escribir, y que daba fe que uno, el que escribía, estaba bien!
Pero, ¡seguía sin decir cuándo volvería a casa!
Aquél encabezamiento tan
típico que decía, más o menos así:
“Mi querido padre / esposa/ hijo/a: Espero que al recibo de
la presente, se / te encuentre/s bien de salud, quedando la mía también bien,
gracias a Dios…”
Cartas que tranquilizaban,
cartas que inquietaban, cartas con lágrimas derramadas que producían otras
lágrimas… cartas que engañaban… cartas que prometían y que nunca cumplían…
Cartas de amor, a la persona
amada, para expresarle todo aquello que no se era capaz de hacerse
personalmente… Cartas de discusión, que emanaban celos, inquietudes, desamores
e inclusive acusaciones… Cartas de reconciliación, cartas que pedían perdón…
cartas de arrepentimiento… cartas que invitaban a citas a escondidas… Cartas de
amantes… Cartas de adolescentes, de jóvenes, maduros y mayores...Cartas… Cartas…
Cartas cursis, cartas
barrocas, cartas apasionadas… cartas que hemos escrito… cartas que hemos
recibido… cartas incomprendidas…
Cartas de AMOR… cartas de
AMISTAD… cartas de CARIÑO, TERNURA… cartas de enfermedad y muerte… Cartas de ESPERANZA…
Cartas escritas y nunca
enviadas… Cartas olvidadas en un cajón, en un libro o en algún cuaderno, que
deberíamos haber enviado… Cartas que no se enviaron, por miedo, por orgullo…
por amor…!
“Son cartas que te dicen que regreses pronto, que desean verte
Son cartas que te hablan de que en la distancia el cariño crece”
A veces llegaban cartas que te daban la vida, que te daban la calma
A veces no llegaban cartas… A
veces no llegaron nunca… Son cartas que te podían dar la vida… Son cartas que
te podían dar la calma…
¿Dónde se han quedado aquellas cartas? Se las llevó el viento, la rapidez constante, las prisas, siempre tenemos prisa, todo tiene que ser inmediato, aquí y ahora, no queda tiempo para escribir ni para pensar, y, con ellas también ha desaparecido una forma de vida… ¿Nostalgia de un tiempo ido?
Posiblemente, pero aún así, creo que deberíamos volver a escribir cartas, aunque ahora ya no utilicemos ni papel ni pluma…
¡Son aquellas Cartas, que nunca volverán!
Barcelona, 19 de abril de 2012
P.D.: La canción era/es cantada por Julio Iglesias
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