A
lo lejos se divisa claramente el ancho valle, cortado por la serpenteante
corriente tranquila del río, cuyo fin ni siquiera es imaginable…
En
lo alto del pico, observa en calma el discurrir de la vida del verdoso y fértil
valle y el río que lo cruza plácidamente, mitad aquí y mitad allá, mientras
medita y su mirada se pierde en el horizonte, y su mente vuela cuál águila por
momentos, y gorrioncillo perdido y abrumado en otros por su otro yo, llevado
por el suave viento que le mece y le zarandea…
Sus
miradas partidas se unen en el horizonte, buscando el fin del mismo, allí donde
se une con la tierra, el fin del camino, hace siglos, emprendido cual judío
errante, siempre caminando, siempre sin llegar… Pues la verdad no está en la
llegada sino en el propio camino; aunque la mayoría se empeñe en la meta, y no
en el recorrido…
El
silencio le ensordece, mientras el vacío llena todo el entorno que le rodea, y también
su interior se llena de ese vacío… Ese vacío que llena y angustia, haciendo que
el estómago se revuelva de dolor…
Un
día comenzó a caminar para llegar al sitio, pero luego vino otro camino, otro y
otro, y siguió buscando el sitio, la llegada, allí donde extender su manta y
asentarse en un hogar… Tardó en comprender, que nunca llegaría, y ese día
comenzó a entender y disfrutar el camino y el tiempo que transcurría, más
lentamente, sin agobios y angustias por el destino.
Con
el tiempo aprendió…
El
viento arrecia, los nubarrones comienzan a invadir el hasta ese momento, claro
cielo… La oscuridad avanza lenta e inexorablemente, cubriéndolo todo, incluso
su interior, su corazón, el del pensador solitario, que sigue manteniéndose
inalterable en su risco…
El
verde valle y el serpenteante río comienzan a desvanecerse, hasta no quedar más
que una sombra borrosa allí abajo.
Los
pájaros han desaparecido y el silencio se hace espeso, denso hasta hacerse
insoportable, pero el pensador sigue con su mirada penetrante, impertérrita,
fija en el infinito sin ver nada de lo que está ocurriendo a su alrededor.
La
borrasca y las oscuras brumas son aún más fuertes y negras que las del
exterior, mientras su mirada saltaba el tiempo, la distancia y el vacío,
permaneciendo clavada en el camino sin fin, en los amores que no volverán,
perdiéndose su mirada en la nada… porque la nada en realidad es la vida y el
camino…
El
mesianismo, el fanatismo y la estupidez de sus congéneres, así como la suya
propia, le duele y le angustia… Las viejas religiones, tan criticadas y negadas,
han dado paso a las nuevas, que solo cambian las formas, pero sin haber
desaparecido aquellas. Así la fe mesiánica en el paraíso perdido y nunca
existido, la paranoia que todo comienza con los nuevos profetas, mientras sus
seguidores, negándolo todo, incluso su propia historia, su propio pasado,
además de la realidad, ¡su realidad!, se ha convertido en “nueva fe” en los
nuevos dioses, en la “nueva realidad virtual”.
Solo
cabe la destrucción de todo lo anterior, incluso su propio origen, su propio
nacimiento, y así en la Biblia, nos
dicen que “antes solo existía la nada” (antes que ellos, claro), y así repiten
y repiten en forma machacona, los mismos mensajes de fondo, pero con creadores
distintos… “Antes no solo no había nada, sino que todo lo que existe hoy, y es
distinto, es malo, es el nuevo infiel, es el enemigo, y por ello solo cabe su
destrucción”
El
pensamiento propio, la reflexión, la crítica razonada y razonable, no caben en
este nuevo camino… Todo es válido y solo son verdaderas aquellas ideas
proféticas de los “nuevos libertadores”, lanzando anatemas contra aquellos que
consideran que se tiene el derecho y la obligación de pensar, de criticar,
aportando a la mejora y a los cambios que la sociedad necesita, de esa sociedad
que camina…
Y,
así como Moisés, pretenden llevar a esa sociedad, al desierto de la ignorancia
y el fanatismo, dónde pasen otros 40 años, como el discurrir de los hebreos por
el Sinaí, vagando por ese nuevo desierto, ese desierto donde el agua de la vida
no exista, y solo se viva con las raciones del maná, que cada mañana se dignen
proporcionar… ¡Nuevos dioses, nuevos profetas!
La
tempestad está en su cénit, cubriéndolo todo, el viento arrecia con una fuerza
sin igual, pero el pensador inmóvil, sigue inmutable, mirando hacia el negro infinito,
atisbando una luz, un hilo de esperanza, que permita el regreso de la
luminosidad, la brisa suave al valle, donde la serpiente transformada en río
sea una fuente de vida y comunicación entre los territorios que les cruza…
¡Esperanza! ¡Esperanza! Poca, pero es lo que le queda, porque él también forma
parte del todo y a su vez es el todo…
Es
roca, es montaña
Es
árbol, es valle, es río
Es
caminante, es camino
Es
individuo, es hombre…
Y
como escribió Michel de Montaigne en el siglo XVI “Todo hombre lleva en sí la forma
entera de la condición humana”
25 de noviembre de 2017