El mar entre los pinos se divisa
en la cercanía… La tarde cae y el sol está retirándose por el horizonte,
mostrando sus reflejos dorados y rojizos, mientras el silencio solo es roto por
el trinar de los pájaros en los cercanos pinos…
Un par de ellos, se han atrevido
a acercarse durante estos días hasta los grandes maceteros de la terraza, y de
seguir así, dentro de poco los tendré en la mesa… Me recordaron a aquellos dos
ruiseñores japoneses que tenían mis hijos, años ha, y que un día se soltaron a
volar en libertad hacia los pinos y hacia el bosque…
Siempre les recuerdo, cuando oigo
trinos cerca, y, me pregunto si serán sus nietos o biznietos ya, los que cantan
en mis pinos cercanos… y su recuerdo genético les hace volver a mi terraza
solitaria…
Durante el día la luz, esta luz
mediterránea inunda e invade mi casa, y por ende mi terraza, deslumbrando a
quién ose mirar de frente. El calor del sol en la piel, y en la espalda me
produce un enorme placer, me regenera y me carga de energía positiva… La luz,
esta maravillosa luz, y el cercano mar, ahora de color azul metalizado, azul
durante las horas de sol, me llenan de paz y tranquilidad… Esa paz y esa
tranquilidad, imprescindible para dominar el dolor, ese dolor sordo que se pega
al alma, y que forma parte de uno, y que se arrastra como el prisionero a sus
cadenas…
Sin embargo, el dolor es
controlable. No se puede eliminar, porque forma parte de uno, pero sí se puede
controlar y no dejarle avanzar hasta que nos imposibilite vivir… A veces, por
momentos, se hace sentir como una puñalada fría que atraviesa cuerpo y alma,
fina y temporal que nos recuerda que sigue ahí… que no es tan fácil
desprenderse de él… Pero, vuelve el control, y solo queda ese reflejo de la
herida en el alma, y que va acumulando cicatrices invisibles…
Hace casi un mes que la primavera
nos cobija, los cerezos están en flor, y el estallido de luz y color ha tomado
cuerpo… Esa primavera, que siempre se presume venturosa y maravillosa, aunque a
veces no resulte ni venturosa ni maravillosa. Está aquí, y es la que nos regala
esta explosión de luz… luz que es vida, a pesar que la vida tampoco es sinónimo
de ventura y alegría… pero, a esa vida le tenemos que dar una oportunidad… Si
no fuera así, ¿valdría la pena vivirla?
El mar, la luz, el sol, la calma,
la paz, el trinar de mis “ruiseñores”, incluso la ausencia de gaviotas, las
canciones que salen de mi ordenador en forma caótica, permiten disfrutar del tiempo en soledad,
leyendo a ratos, trabajando a otros, o simplemente fijando mi mirada en el
horizonte y pensar, pensar, pensar… con dolor y en paz…