26 de diciembre de 2017

PAISAJES…

A lo lejos se divisa claramente el ancho valle, cortado por la serpenteante corriente tranquila del río, cuyo fin ni siquiera es imaginable…

En lo alto del pico, observa en calma el discurrir de la vida del verdoso y fértil valle y el río que lo cruza plácidamente, mitad aquí y mitad allá, mientras medita y su mirada se pierde en el horizonte, y su mente vuela cuál águila por momentos, y gorrioncillo perdido y abrumado en otros por su otro yo, llevado por el suave viento que le mece y le zarandea…

Sus miradas partidas se unen en el horizonte, buscando el fin del mismo, allí donde se une con la tierra, el fin del camino, hace siglos, emprendido cual judío errante, siempre caminando, siempre sin llegar… Pues la verdad no está en la llegada sino en el propio camino; aunque la mayoría se empeñe en la meta, y no en el recorrido…

El silencio le ensordece, mientras el vacío llena todo el entorno que le rodea, y también su interior se llena de ese vacío… Ese vacío que llena y angustia, haciendo que el estómago se revuelva de dolor…

Un día comenzó a caminar para llegar al sitio, pero luego vino otro camino, otro y otro, y siguió buscando el sitio, la llegada, allí donde extender su manta y asentarse en un hogar… Tardó en comprender, que nunca llegaría, y ese día comenzó a entender y disfrutar el camino y el tiempo que transcurría, más lentamente, sin agobios y angustias por el destino.

Con el tiempo aprendió…

El viento arrecia, los nubarrones comienzan a invadir el hasta ese momento, claro cielo… La oscuridad avanza lenta e inexorablemente, cubriéndolo todo, incluso su interior, su corazón, el del pensador solitario, que sigue manteniéndose inalterable en su risco…

El verde valle y el serpenteante río comienzan a desvanecerse, hasta no quedar más que una sombra borrosa allí abajo.

Los pájaros han desaparecido y el silencio se hace espeso, denso hasta hacerse insoportable, pero el pensador sigue con su mirada penetrante, impertérrita, fija en el infinito sin ver nada de lo que está ocurriendo a su alrededor.

La borrasca y las oscuras brumas son aún más fuertes y negras que las del exterior, mientras su mirada saltaba el tiempo, la distancia y el vacío, permaneciendo clavada en el camino sin fin, en los amores que no volverán, perdiéndose su mirada en la nada… porque la nada en realidad es la vida y el camino…

El mesianismo, el fanatismo y la estupidez de sus congéneres, así como la suya propia, le duele y le angustia… Las viejas religiones, tan criticadas y negadas, han dado paso a las nuevas, que solo cambian las formas, pero sin haber desaparecido aquellas. Así la fe mesiánica en el paraíso perdido y nunca existido, la paranoia que todo comienza con los nuevos profetas, mientras sus seguidores, negándolo todo, incluso su propia historia, su propio pasado, además de la realidad, ¡su realidad!, se ha convertido en “nueva fe” en los nuevos dioses, en la “nueva realidad virtual”.

Solo cabe la destrucción de todo lo anterior, incluso su propio origen, su propio nacimiento, y así  en la Biblia, nos dicen que “antes solo existía la nada” (antes que ellos, claro), y así repiten y repiten en forma machacona, los mismos mensajes de fondo, pero con creadores distintos… “Antes no solo no había nada, sino que todo lo que existe hoy, y es distinto, es malo, es el nuevo infiel, es el enemigo, y por ello solo cabe su destrucción”

El pensamiento propio, la reflexión, la crítica razonada y razonable, no caben en este nuevo camino… Todo es válido y solo son verdaderas aquellas ideas proféticas de los “nuevos libertadores”, lanzando anatemas contra aquellos que consideran que se tiene el derecho y la obligación de pensar, de criticar, aportando a la mejora y a los cambios que la sociedad necesita, de esa sociedad que camina…

Y, así como Moisés, pretenden llevar a esa sociedad, al desierto de la ignorancia y el fanatismo, dónde pasen otros 40 años, como el discurrir de los hebreos por el Sinaí, vagando por ese nuevo desierto, ese desierto donde el agua de la vida no exista, y solo se viva con las raciones del maná, que cada mañana se dignen proporcionar… ¡Nuevos dioses, nuevos profetas!

La tempestad está en su cénit, cubriéndolo todo, el viento arrecia con una fuerza sin igual, pero el pensador inmóvil, sigue inmutable, mirando hacia el negro infinito, atisbando una luz, un hilo de esperanza, que permita el regreso de la luminosidad, la brisa suave al valle, donde la serpiente transformada en río sea una fuente de vida y comunicación entre los territorios que les cruza… ¡Esperanza! ¡Esperanza! Poca, pero es lo que le queda, porque él también forma parte del todo y a su vez es el todo…

Es roca, es montaña
Es árbol, es valle, es río
Es caminante, es camino
Es individuo, es hombre…

Y como escribió Michel de Montaigne en el siglo XVI “Todo hombre lleva en sí la forma entera de la condición humana”


25 de noviembre de 2017 

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