Vivimos,
compartimos vida, pasiones, sueños, dolor, tristezas, alegrías, rabias y
decepciones… y creemos conocernos, conocernos en toda y con toda intensidad.
Padres,
hermanos, hijos, amigos, amadas y amantes, a todos creemos conocer… ¡cuánto
engaño!
La
realidad nos demuestra a cada instante, que por mucho que creamos conocer a
alguien, resulta que no es así… Aquella persona a la que amamos y nos ama, a la
que creemos conocer, saber cómo se piensa y que se piensa, sus reacciones, sus
dudas, sus miedos, sus supersticiones… un día nos sorprende, en esa realidad
cambiante, y de pronto, no entendemos ni comprendemos nada de lo que dice y
hace…
¡Todo
cambia! Incluso nosotros mismos, cambiamos sin darnos cuenta… y, también
cambian los demás…
De
ahí nuestra decepción, nuestro dolor, nuestro desengaño y nuestra sorpresa,
cuando aquella o aquellas personas que creemos conocer, de pronto son
distintos.
Nos
ven o los vemos como extraños, incluso raros… El amor se convierte en desamor,
a veces incluso en odio y desprecio; la amistad en enemistad o en alejamiento,
la simpatía en antipatía… la cercanía en lejanía…
Y, se corre el riesgo de perder no solo el presente que ya es futuro, sino también
el pasado, que es vida vivida, compartida y amada, haciéndote más pequeño, más
imbécil, más frío, más insensible, y por lo tanto menos humano…
En
el medio de todo esto, siempre aparecen los “salvadores”, los “intermediarios”
profesionales o no, los libros de autoayuda, la consecución de la felicidad
fácil que nos venden cada día los medios de comunicación, el marketing de la
felicidad… Y, recorremos al camino fácil, a ponernos en sus manos, olvidándonos
que el problema, si existe el problema, está en nosotros y, somos nosotros los
que debemos buscar y encontrar la solución, porque cada uno de nosotros tiene
una solución única, porque cada uno de nosotros, somos únicos, y la “felicidad”
eterna y constante no existe, así como estar en todas partes es imposible, así
es el logro de una felicidad total y absoluta cada día de nuestra vida…,
idealizamos todo y a todos, que luego vienen las decepciones, y, dejamos que
nos idealicen, por lo que participamos en el circo completo, que en algún
momento se le hundirá la carpa, y tapa a todos los actores del mismo, que al
final, es la vida misma…
Y,
al final siempre queda la duda: ¿Podemos
conocer a alguien, cuando no nos conocemos a nosotros mismos?
Barcelona, 25 de noviembre de
2017
No hay comentarios:
Publicar un comentario