Es un
día gris, frío, y con sensación de más frialdad que la real… Es un día otoñal,
con nubes bajas, grises, cargadas de presagios, con la sensación que nos van a
absorber en cualquier momento… Es de esos días que me gustan muy poco.
Observo
todo esto, desde la ventana de mi pequeño salón, en el que comparto espacio con
sofá, sillón, mesa de centro con algunos libros en la parte inferior, y unos
pequeños óleos que esperan que algún día, les regale su marco y su lugar en
alguna parte de este pequeño apartamento , mueble bajo con Tv y el Pensador que
no me mira, ensimismado en sus reflexiones, mesa plegable con papeles
desordenados, que asemejan caos organizado, con pequeña mesa con ruedas, con
una planta (Potos), que recibe luz desde la ventana, de la que está muy cerca,
y en sus estantes carpetas con apuntes, material docente de muchos años atrás,
que esperan durmiendo, a que les meta mano, y verifique si existen en versión
digital o no… Una impresora y otra pequeña mesa rectangular, con una impresora
encima, y más papeles y tarjeteros en su estante inferior, completan el cuadro,
junto a dos sillas, de las que solo uso una, y a ratos… porque mis huesos no
soportan mucho tiempo sentado en elementos duros y rectos. Eso que algunos
médicos, y algunos amigos (enemigos), dicen “que es cosa de la edad”, cuando ni
el mal del cuerpo ni el del alma, tienen nada que ver con la edad.
Es el
caos dentro del caos… El espíritu de orden y rigor, ha dado pie, a uno más anárquico,
y viéndolo desde fuera, es un verdadero despelote.
Parece
un día cualquiera, un día más, y, así lo podemos considerar, pero…
Me
acerco a la cocina, sabiendo de antemano, lo que me voy a encontrar; el suelo
necesita que le pasen una fregona, y una limpieza general a toda ella; los
platos de 2 días descansan en el vertedero (pica), esperando también una mano
amiga que los lave o los ponga en el lavavajillas… Todo denota abandono,
desencanto y falta de actitud a mantener
un cierto orden y un cierto estado anímico positivo…
¿Eso
importa? ¡No mucho!
¿Requiere
mucho esfuerzo? ¡En absoluto, solo hace falta tener un poco de ganas! La
cuestión es, dónde encontrarlas.
Regreso
al sillón, que me cobija y me acoge de mis dolores y el cansancio que me
produce, estar de pie 10 minutos… Echo otro vistazo alrededor, y centro mi
atención en el cuaderno que está en la mesa, abierto, en una página escrita a
mano hace días, y que solo necesita un retoque final para ser terminado… Eso me
recuerda que, en el mismo cuaderno, hay otro escrito, pendiente de finalizar, que,
a diferencia de otros, sí nació con un título: Carmela, y que me digo a mi
mismo, que es indispensable que lo termine, porque así espero conjurar alguno
de los demonios que cargo en la mochila, o por lo menos, eso es lo que espero.
Ese
cuaderno que, heredé de mi madre, todavía con páginas escritas por ella, cuando
decidió ir a la escuela de adultos con 80 años, y que aplaudí y felicité.
Cuaderno, qué encontré, cuando ella ya no podía utilizarlo, y que después de su
fallecimiento, guardé, junto con otros objetos personales, como una imagen de
fuerza de voluntad e ilusión, que, al día de hoy, veo que, en mí, no está muy
presente, habiéndome convertido en un gran procrastinador.
Sin
embargo, todo está como hace dos días. El ordenador cerrado, también me observa
desde la misma mesa, como diciéndome “me tienes abandonado, tú que tanto me
querías y tanto tiempo compartimos, ahora es que ya no me tocas, es que ni
siguiera me miras”
Leo los
periódicos digitales, así como noticias sueltas, para conocer lo que ya
conocía, en la mayoría de los casos, salvo alguna información sobre historia o
ciencia de la que siempre se aprende. Y así va pasando el tiempo…
Mientras
una serie en televisión me entretiene y ocupa, veo como el día gris, se va
transformando en tarde gris, y luego en noche cerrada, y yo sigo en mi atonía,
en mi sillón que me acoge y me abraza, a falta de otros brazos y a falta de
otras ilusiones.
Hay un
momento que, dudo si es domingo o lunes, ya que el transcurrir del tiempo, se
ha convertido en rutina, y, salvo las citas médicas, y las comidas con amigos, apenas
cambia, sea domingo, lunes o jueves…
Al
final, me sitúo, y sé que es domingo, y que debería escribir, lo que hace
varios días, escribo en mi mente, que no es más que una especie de elegía o
agradecimiento a mi amigo Ignacio, que mañana cumple 70 años, y que lo
festejará con una fiesta sorpresa, a la que estoy invitado, pero no sé si
acudiré o no… Ya no solo es el dolor, o la dificultad de caminar, sino la
inseguridad de hacerlo, y, sobre todo el hecho de salir a la calle, y sentir a
los 5 minutos que, debería volver a casa, a la calma y la comodidad de mi
sillón, que me acoge y abraza.
Recuerdo
haber tenido períodos parecidos en anteriores ocasiones, pero la actividad los
disolvía como azucarillo en el agua. Conozco muy bien todo esto, a excepción
del dolor y la falta de movilidad, aunque ahora, no me afectan de la misma
forma, y de alguna manera, los he incorporado como un elemento más de mi vida
diaria… ¿Peligroso?, ¡Claro!
La
cuestión no está en sí es peligroso o no, sino en cómo afrontarlo, y driblar
con ello día a día.
El
Pensador, sigue en su sitio, pero a pesar de esta inquietud que me arrolla por
momentos, intenta transmitirme un poco de calma, mientras mi cuaderno espera
que le siga contando historias y secretos.
Y, sin
saber por qué, recuerdo trozos de una vieja canción, de por allá del 69, de un
cantante argentino: “Mi viejo”, que decía en algunas de sus estrofas, algo tan
real que atravesó el tiempo:
“Es un buen tipo, mi
viejo
Que anda solo y
esperando
Tiene la tristeza larga
De tanto venir andando.
……..
Viejo, mi querido viejo
Ahora ya camina lento
Como perdonando el
viento
Yo soy tu sangre, mi
viejo
Soy tu silencio y tu
tiempo.
Él tiene los ojos buenos
Y una figura pesada
La edad se le vino
encima
Sin carnaval ni comparsa
….”
Yo contaba con 15 años por aquél entonces, y ya me
emocionaba al escucharla. Era un gran homenaje al padre, que cualquiera hubiera
querido escribir.
Unos años más tarde, escribí un largo “poema”, dedicado a mi padre labrador, que le regalé, y que con orgullo lo enmarcó y lo colgó en su casa, para que lo viera todo el mundo. Todavía no caminaba lento, y, por desgracia, no tuvo la oportunidad de hacerlo, ya que se fue bastante joven. Sí, viví ese caminar lento primero, y más tarde inseguro de mi madre, también mujer de raza.
Hoy, soy yo el que camina lento, como perdonando el viento, y camino solo como de otro tiempo… y soy mi silencio, en mi pequeño apartamento, donde las cosas a veces crean su propio caos, y mis libros me miran y me recuerdan, que ahí están, para releer los leídos, y para leer los no leídos, pero, no solo la edad se vino encima en esta figura pesada, que ya no corre ni corta el viento, sin esperar que alguien camine a mi lado, aunque sea lento.
La noche es oscura, casi negra, rota por las luces de la ciudad, que irrumpen en esa negrura y acompañan a las familias y a los solitarios que vuelven a casa…
Yo no
las necesito, ¡Ya estoy en casa! ¡Es la plenitud de la soledad! O ¿era al
revés?
Barcelona, 21 de enero 2025
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