8 de febrero de 2026

UN DÍA (más) irreflexivo

Es un día gris, frío, y con sensación de más frialdad que la real… Es un día otoñal, con nubes bajas, grises, cargadas de presagios, con la sensación que nos van a absorber en cualquier momento… Es de esos días que me gustan muy poco.

Observo todo esto, desde la ventana de mi pequeño salón, en el que comparto espacio con sofá, sillón, mesa de centro con algunos libros en la parte inferior, y unos pequeños óleos que esperan que algún día, les regale su marco y su lugar en alguna parte de este pequeño apartamento , mueble bajo con Tv y el Pensador que no me mira, ensimismado en sus reflexiones, mesa plegable con papeles desordenados, que asemejan caos organizado, con pequeña mesa con ruedas, con una planta (Potos), que recibe luz desde la ventana, de la que está muy cerca, y en sus estantes carpetas con apuntes, material docente de muchos años atrás, que esperan durmiendo, a que les meta mano, y verifique si existen en versión digital o no… Una impresora y otra pequeña mesa rectangular, con una impresora encima, y más papeles y tarjeteros en su estante inferior, completan el cuadro, junto a dos sillas, de las que solo uso una, y a ratos… porque mis huesos no soportan mucho tiempo sentado en elementos duros y rectos. Eso que algunos médicos, y algunos amigos (enemigos), dicen “que es cosa de la edad”, cuando ni el mal del cuerpo ni el del alma, tienen nada que ver con la edad.

Es el caos dentro del caos… El espíritu de orden y rigor, ha dado pie, a uno más anárquico, y viéndolo desde fuera, es un verdadero despelote.

Parece un día cualquiera, un día más, y, así lo podemos considerar, pero…

Me acerco a la cocina, sabiendo de antemano, lo que me voy a encontrar; el suelo necesita que le pasen una fregona, y una limpieza general a toda ella; los platos de 2 días descansan en el vertedero (pica), esperando también una mano amiga que los lave o los ponga en el lavavajillas… Todo denota abandono, desencanto y falta de actitud a  mantener un cierto orden y un cierto estado anímico positivo…

¿Eso importa? ¡No mucho!

¿Requiere mucho esfuerzo? ¡En absoluto, solo hace falta tener un poco de ganas! La cuestión es, dónde encontrarlas.

Regreso al sillón, que me cobija y me acoge de mis dolores y el cansancio que me produce, estar de pie 10 minutos… Echo otro vistazo alrededor, y centro mi atención en el cuaderno que está en la mesa, abierto, en una página escrita a mano hace días, y que solo necesita un retoque final para ser terminado… Eso me recuerda que, en el mismo cuaderno, hay otro escrito, pendiente de finalizar, que, a diferencia de otros, sí nació con un título: Carmela, y que me digo a mi mismo, que es indispensable que lo termine, porque así espero conjurar alguno de los demonios que cargo en la mochila, o por lo menos, eso es lo que espero.

Ese cuaderno que, heredé de mi madre, todavía con páginas escritas por ella, cuando decidió ir a la escuela de adultos con 80 años, y que aplaudí y felicité. Cuaderno, qué encontré, cuando ella ya no podía utilizarlo, y que después de su fallecimiento, guardé, junto con otros objetos personales, como una imagen de fuerza de voluntad e ilusión, que, al día de hoy, veo que, en mí, no está muy presente, habiéndome convertido en un gran procrastinador.

Sin embargo, todo está como hace dos días. El ordenador cerrado, también me observa desde la misma mesa, como diciéndome “me tienes abandonado, tú que tanto me querías y tanto tiempo compartimos, ahora es que ya no me tocas, es que ni siguiera me miras”

Leo los periódicos digitales, así como noticias sueltas, para conocer lo que ya conocía, en la mayoría de los casos, salvo alguna información sobre historia o ciencia de la que siempre se aprende. Y así va pasando el tiempo…

Mientras una serie en televisión me entretiene y ocupa, veo como el día gris, se va transformando en tarde gris, y luego en noche cerrada, y yo sigo en mi atonía, en mi sillón que me acoge y me abraza, a falta de otros brazos y a falta de otras ilusiones.

Hay un momento que, dudo si es domingo o lunes, ya que el transcurrir del tiempo, se ha convertido en rutina, y, salvo las citas médicas, y las comidas con amigos, apenas cambia, sea domingo, lunes o jueves…

Al final, me sitúo, y sé que es domingo, y que debería escribir, lo que hace varios días, escribo en mi mente, que no es más que una especie de elegía o agradecimiento a mi amigo Ignacio, que mañana cumple 70 años, y que lo festejará con una fiesta sorpresa, a la que estoy invitado, pero no sé si acudiré o no… Ya no solo es el dolor, o la dificultad de caminar, sino la inseguridad de hacerlo, y, sobre todo el hecho de salir a la calle, y sentir a los 5 minutos que, debería volver a casa, a la calma y la comodidad de mi sillón, que me acoge y abraza.

Recuerdo haber tenido períodos parecidos en anteriores ocasiones, pero la actividad los disolvía como azucarillo en el agua. Conozco muy bien todo esto, a excepción del dolor y la falta de movilidad, aunque ahora, no me afectan de la misma forma, y de alguna manera, los he incorporado como un elemento más de mi vida diaria… ¿Peligroso?, ¡Claro!

La cuestión no está en sí es peligroso o no, sino en cómo afrontarlo, y driblar con ello día a día.

El Pensador, sigue en su sitio, pero a pesar de esta inquietud que me arrolla por momentos, intenta transmitirme un poco de calma, mientras mi cuaderno espera que le siga contando historias y secretos.

Y, sin saber por qué, recuerdo trozos de una vieja canción, de por allá del 69, de un cantante argentino: “Mi viejo”, que decía en algunas de sus estrofas, algo tan real que atravesó el tiempo:

“Es un buen tipo, mi viejo

Que anda solo y esperando

Tiene la tristeza larga

De tanto venir andando.

……..

Viejo, mi querido viejo

Ahora ya camina lento

Como perdonando el viento

Yo soy tu sangre, mi viejo

Soy tu silencio y tu tiempo.

 

Él tiene los ojos buenos

Y una figura pesada

La edad se le vino encima

Sin carnaval ni comparsa

….”

 

Yo contaba con 15 años por aquél entonces, y ya me emocionaba al escucharla. Era un gran homenaje al padre, que cualquiera hubiera querido escribir.

Unos años más tarde, escribí un largo “poema”, dedicado a mi padre labrador, que le regalé, y que con orgullo lo enmarcó y lo colgó en su casa, para que lo viera todo el mundo. Todavía no caminaba lento, y, por desgracia, no tuvo la oportunidad de hacerlo, ya que se fue bastante joven. Sí, viví ese caminar lento primero, y más tarde inseguro de mi madre, también mujer de raza.

Hoy, soy yo el que camina lento, como perdonando el viento, y camino solo como de otro tiempo… y soy mi silencio, en mi pequeño apartamento, donde las cosas a veces crean su propio caos, y mis libros me miran y me recuerdan, que ahí están, para releer los leídos, y para leer los no leídos, pero, no solo la edad se vino encima en esta figura pesada, que ya no corre ni corta el viento, sin esperar que alguien camine a mi lado, aunque sea lento.

La noche es oscura, casi negra, rota por las luces de la ciudad, que irrumpen en esa negrura y acompañan a las familias y a los solitarios que vuelven a casa…

Yo no las necesito, ¡Ya estoy en casa! ¡Es la plenitud de la soledad! O ¿era al revés?

Barcelona, 21 de enero 2025

P.D.: Después de escribir, sin saber ni cómo ni cuándo, todo se puso en su sitio, limpio y ordenado. ¿Meigas? 

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