21 de septiembre de 2010

CAMINO DE ÍTACA II

ACLARACIÓN: Llevaba tiempo dándole vueltas a este tema, pero no fue hasta el día en que mi hijo se embarcó en el Aeropuerto del Prat, a buscar sus ilusiones y esperanzas en otro país. Casi nunca consulto con otra persona un texto, ya que tal como dije en algún momento, escribo para mí y por mi; pero esta vez decidí hacerlo, por muchas causas, pero fundamentalmente porque tiene un excelente criterio. No me respondió inmediatamente, lo que supuse que no le había gustado. De hecho algo así había pasado. Después de insistir, me definió el texto, como: muy bueno, pero repetitivo y con errores en la puntuación.

La verdad, es que no esperaba su comentario, pero coincidía bastante con mi propia impresión, así que hice lo natural en este caso: dejé guardado el archivo hasta tener tiempo para leerlo más detenidamente y ver lo que haría.

Hoy he tomado el texto, y a medida que iba leyendo, he ido corrigiendo algunas palabras y frases, pero mantuve las repeticiones, y aún creo que son insuficientes... de la puntuación y la claridad de la escritura no respondo, ya que no soy objetivo, pero tampoco me interesa demasiado.

Simplemente es una nota que intenta reflejar algo de esos millones de personas, que alguna vez se han visto obligados a dejarlo todo... Espero que así se considere, independientemente de la calidad literaria o no de la misma.
Gracias.


 
Uno, que ya ha cumplido unos años, y por extensión a los de mi generación y sobre todo a los de las anteriores, seguramente tendremos grabada en nuestra retina, aquellos barcos de hace años, cargado de hombres y mujeres, sobre todo hombres, que se dirigían hacia la emigración, asomándose en las cubiertas, saludando tímidamente con la mano, con un pañuelo, con lo que fuere, a aquellos seres queridos que en tierra, también levantaban sus manos, y, unos y otros, se hablaban sin oírse: ¡volveré pronto!, ¡no me olvides!, ¡te esperare!, ¡mamá te quiero!, ¡hermano cuida de padres!, etc., etc., y también alguno, que, simplemente miraba en busca del ser querido ausente, de aquellos otros en silencio, fijando su mirada en la multitud. en las personas que le habían ido a despedir..., o simplemente fijándola en la lejanía, en su casa, en su tierra, en su valle o en su montaña…

Se iban llenos de esperanzas, ilusiones, pero con el corazón encogido por lo que dejaban atrás... miseria en muchos casos, falta de oportunidades en otros, pero también su tierra, su aldea, su pueblo, su ciudad, su novia, novio, esposa, hermanos, padres, hijos...

La esperanza de “hacer las Américas” y volver cuánto antes a casa... ¡Dos o tres años! Se decían... Una mayoría no volvió nunca, otros volvieron, al cabo de muchos años, y no todos alcanzaron sus ilusiones y sus esperanzas... Aún así, todos ellos ayudaron a crear un mundo nuevo... aportaron su saber, su trabajo, su fuerza a pesar de la ignorancia en la que la gran mayoría estaba, dada las nulas posibilidades de acceder a una educación básica... Aportaron a su país de origen y aportaron al de adopción…, aunque en muchos casos, ambos los hayan olvidado.

Esos barcos que, navegando durante 15, 17 días de media, trasladaban a cientos de personas, en estrechos camarotes, e incluso en grandes estancias compartidas, apiñados, en condiciones casi inhumanas...., todos ellos, cargados con su maleta de madera o de cartón, atadas por una correa, un cinturón o una cuerda... Era fácil identificarlos...

En el siglo XIX y XX Europa fue el origen de esos millones de personas, que conformaron un continente al otro lado del océano…

¿Quién no ha tenido o tiene en su familia alguien que no haya emigrado?



¿Quién no ha tenido o tiene en su familia alguien que no nos haya comentado, comente, aquella despedida, aquél barco, aquél viaje hacia la ilusión?

Más tarde, esos barcos dejaron de surcar el Atlántico sobre todo y, desparecieron o se transformaron, de ser cargueros de carne humana o cargueros generales..., ¡las personas habían dejado de ser mercancía!

Paralelamente, los flujos migratorios cambiaron de rumbo, la emigración se dirigía al norte, dentro de Europa, del Sur hacia el norte... incluso dentro de cada país... La carga ahora se hace en trenes que tardan días en llegar a destino, en autobuses y luego en coches o furgonetas alquiladas para llevar a los nuevos “aventureros”. Francia, Alemania, Holanda, Gran Bretaña, Suiza fueron los grandes receptores... Llegan de Portugal, España, Italia, Grecia, Turquía…, de Andalucía, Extremadura, Galicia, León, Castilla a Catalunya, Madrid, Euskadi (cuándo eran las Vascongadas)…

En ese momento, las despedidas ya no son tan masivas, aunque en las estaciones de ferrocarril, se produce algo similar a los puertos... En la medida que los vehículos toman más importancia, las despedidas son más personales, íntimas..., las salidas se producían casi siempre de madrugada... Así el alba los encontraba en viaje, y les impedía mirar hacia atrás y ver aquello que dejaban...

A éstos, a los “nuevos emigrantes” los tenemos más cercanos... Muchos de ellos se han jubilado o se están jubilando y retornan a sus pueblos, sus aldeas, sus ciudades... Son aquellos que se adentraron en el camino hacia su Troya particular, en la década de los 60,70 e incluso 80… Retornaron, están retornando a Ítaca, en avión, en su coche…

Desde hace unos años, en algún caso, paralelamente a la emigración de europeos en Europa, comenzaron a llegar personas de otros continentes: Asia, África, America..., pero también de Europa, de la otra Europa, que tanto tiempo estuvo amurallada... Algunos son hijos, nietos de aquellos que hace años partieron en un barco..., procedentes de América, la América hispana…

Han llegado y llegan en trenes, aviones, barcos chatarra, pateras, cualquier medio es bueno... Algunos llegan, otros se quedan por el camino, en una carretera cualquiera, en el desierto, en el mar... Salen con las mismas esperanzas e ilusiones de aquellos de nuestros familiares, de nosotros mismos que, años ha, salían/salíamos y se embarcaban para ir a “hacer las Américas”...

Ellos también dejan atrás, tierra, aldea, pueblo, ciudad, padres, hermanos, esposas, esposos, hijos...

¡No ha cambiado nada! Sólo ha cambiado el origen y el destino...

Por otro lado, se produce también otro tipo de movimiento migratorio, el de aquellos que, sin la necesidad de los emigrantes de antaño y los de ahora, emigran en busca de algo distinto: trabajo, calidad de vida, familia... Son aquellos que se mueven dentro de un determinado contexto... Son aquellos que siempre volverán y, si no volvieran, no vivirán siempre con el inminente retorno: “el año próximo, si que me vuelvo”, como les pasaba a los de antaño y a los actuales...

Uno que ha sido pasajero de aquellos barcos, que ha hecho la ida y el retorno, en otro barco muy distinto a aquellos, que al final tiene algo de cada sitio, pero que desde los 6 años ha vivido en distintos sitios, comprende a unos y a otros, y piensa que al final, ¡todos somos emigrantes!. En nuestros genes está el movimiento, la búsqueda... aunque nos hayamos asentado y nos consideremos sedentarios civilizados, porque pertenecemos al primer mundo, olvidándonos que alguna vez o durante muchos años, fuimos nómades, y segundo, del tercero y del cuarto mundo...

Uno que, hasta dónde recuerda, viene de una familia de emigrantes, comprende, aunque duela, que sus hijos ahora también lo sean... aunque pertenezcan al último grupo...

Uno recuerda, cuándo le contaban cosas sobre el bisabuelo en Cuba, en Buenos Aires; o el abuelo en África, o los tíos en Venezuela (alguno se quedó allí con apenas 22 años), o el tío en Buenos Aires, o el otro en Brasil, o los tíos abuelos por ambas partes, o el padre en Venezuela, Suiza, Holanda y más tarde todos en Buenos Aires...

Uno recuerda y reflexiona sobre el Camino de Ítaca de cada uno y de todos ellos… ¿Cómo fue su retorno, de aquellos que volvieron? ¿Por qué volvieron?, pero especialmente reflexiona sobre el retorno a su aldea del padre, de aquél padre, que no le pudo ver nacer… ¿Cómo fue su guerra ante los muros de sus distintas Troyas?

Uno recuerda aún, cuándo me contaba, que estando en Suiza, se encontró con la “patrona” que le hablaba y le hablaba, pero él no le entendía… hasta que ella, comprendiendo la situación, se acerca, lo toma del brazo y lo lleva a dónde debía ir, y al final se hizo entender.

Siempre contaba, que nunca se había sentido tan fuera de sitio y con tanta vergüenza…Terminó por defenderse en italiano y en alemán, y hablando francés suficientemente bien, para que nunca le volviera a pasar.

O como podría sentirse en la construcción, en Venezuela, tanto en la civil como en la pública… Horas y horas de duro trabajo, que le permitían olvidar aquello del otro lado del mar, durante esas horas… Cartas escritas con esfuerzo, para decir lo bien que estaba y que pronto volvería… Así pasaron tres años… hasta emprender el camino de regreso, en otro barco, con algún tifón, pero la maleta llena de cosas, para los suyos…, era su primer retorno a Ítaca, su pequeña aldea, dónde le esperaba una esposa, un hijo que no conocía, unas pocas tierras, unas vaquiñas y poco más…

Uno recuerda, y quiere seguir recordando, pero nadie debería olvidar y por lo tanto recordar que, este ha sido un país de emigrantes... que se fueron, que nos fuimos, en barcos de “emigrantes”, a los que despedían en el puerto, gentes humildes, sabiendo que en el fondo, jamás recuperarían al ser querido que les miraba desde la cubierta... porque aún regresando, jamás sería la misma persona...; en trenes borregueros, en autobuses y otros vehículos que circulaban por aquellas carreteras estrechas y llenas de curvas, hechas por ingenieros y no por los burros, como se decía entre los paisanos... y, ahora se van por nuestros aeropuertos modernos, con una mochilla al hombro, esperanzas e ilusiones a raudales, y llenos de conocimientos... pudiendo volver en cualquier momento...

Hoy ya no los despedimos en puertos sucios y mugrientos, con apestoso olor a petróleo, vestidos de negro, o en estaciones de la prehistoria, llenos de congoja, y viendo como cargaban su maleta de madera o de cartón, atada, con un cinturón, con una correa, con una cuerda..., sin esperanzas de saber cuándo los volveremos a abrazar...

Hoy los despedimos, en la zona de embarque, la tristeza normal de padres que despiden a sus hijos, pero simplemente con ¡buen viaje hijo!, ¡cuídate mucho!, ¡nos llamamos esta noche!; ¡hasta luego hija!, sabiendo que ni bien llegue a destino, un mensaje o una llamada de su móvil, nos devuelve algo de esa intranquilidad y zozobra que uno tiene, cuándo un hijo se va...

Hace pocos años, se fue uno y hoy se fue el otro... pero a pesar de la sensación de fractura que uno tiene, uno sabe que ya no viajarán en barcos, trenes borregueros y vehículos de antaño, y que mañana o pasado, estarán con nosotros o nosotros con ellos...

El tiempo, la distancia se ha acortado para algunos privilegiados, para esta isla, que es Europa... pero, no nos olvidemos que, siguen existiendo los de antaño hoy mismo, en la puerta de nuestras casas, que llegan cada día... en pateras borregueras, en barcos chatarra, caminando a través del desierto..., en vuelos como “turistas”, temblando que el policía de turno, sospeche que no es turista, y comience a preguntarle y a notar su nerviosismo… llegan a través de cualquier medio, buscando lo mismo que antes y ahora... llenos de esperanzas e ilusiones...

Pero, sepamos también, que nunca seremos los que éramos, ni nunca serán lo que eran... Somos distintos... Son distintos… Serán distintos aquí y allá sea cuál sea su origen, siempre distintos... siempre serán distintos…, seremos distintos…

Creo que fue Séneca, nuestro filósofo cordobés del siglo I, el que dijo: “NÁUFRAGO FUI, ANTES QUE NAVEGANTE”

Es una frase que creo define perfectamente a la figura que tanto he querido destacar: ¡la del emigrante! El caminante, el navegante, el pastor, el agricultor… que como Ulises, se fue pensando en volver, retornando rápidamente a Ítaca, por el camino que les llevara a Ítaca, su isla, su aldea, su ciudad…



Barcelona, 27 de agosto de 2010



P.D.: Dedicado a todos los miembros de mi familia que han emigrado: Bisabuelo, Abuelo, Tíos maternos, tío paterno… A mi padre… A mis hijos, todos ellos emigrantes de uno u otro tipo. Pero, también y fundamentalmente a las Penélope y los Telémaco, que han esperado durante años, que trabajando duro han cuidado hacienda y lugar en el nombre de los Ulises que se habían marchado a las Troya del mundo…



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