LA TAZA DE CAFÉ (El bar)
Acodado
en la barra del bar, con un café delante, me sumerjo en el negro líquido, cual
navegante en la mar océano. Y, ahí se abren los pensamientos, en mundos
diversos, en la luz y en la oscuridad.
Lejanas,
me llegan las conversaciones de los parroquianos, que con una cerveza o una
copa de vino mediante, comparten sus historias, historias de tiempos pasados y
presentes, agrandadas, utópicas, torpes en muchos casos, donde cada uno es el
héroe de las mismas.
Ninguno
escucha al otro, cada uno hilvana el cuento… se atropellan entre sí, y las
palabras se cruzan, sin coherencia… mujeres, dinero, política, fútbol… A pesar
del viaje de mis pensamientos, por ese mar proceloso, destaca sobre los demás, me
llega con claridad su monólogo… Es un tipo culto, pero solo habla él… es una
forma de “demostrarse” que sabe mucho, y de muchos temas… y, además se lo
quiere hacer saber a los demás. Es una forma de empobrecerse, ya que al no
escuchar a los demás, a los que también tienen amplios conocimientos y
experiencias, a los que, no teniéndolos, también tienen historias, y, también
son sabios de la vida.
Todo
eso me devuelve a mi derrotero, y, recuerdo que, nunca me gustaron los bares,
más allá de compartir un rato con amigos, con la novia, con mis compañeros de
facultad, cuando poníamos conocimientos en común.
Nunca
me gustaban, más allá de los ejemplos anteriores, porque mi vida estaba lo
suficientemente ocupada personal y laboralmente; y no necesitaba irme de casa
para pasar el tiempo, ante un café, un vino o cualquier otra bebida, y tampoco
hablar con el camarero, o con el compañero de barra.
Y,
si en algún momento tuve que ahogar penas, lo he hecho en casa, solo, o con un
amigo. Con el tiempo aprendí, que la gran parte de los parroquianos de un bar
(normalmente hombres), acudían / acuden, no para ahogar penas (qué también),
sino para huir de la soledad, y de ahí, que la barra de un bar, le sirve para
encontrar a otros en su misma situación, con quién comparten esas heroicidades,
inteligencias, riquezas soñadas o reales, conquistas amorosas, y otras
aventuras exageradas, donde uno siempre es el héroe.
Así
cada uno aumenta su ego, porque cuenta lo que cree que es, a otro, que no lo va
a contradecir. Y, después de la primera ronda, llega otra y otra, y las
historias se agrandan, en la medida que también se suman las rondas de bebidas.
Uno
que no entendía eso, a pesar que mis padres tuvieron bar (quizás por eso), me
costaba tanto, entender, como personas normales, con esposa, novia, hijos, se
podían pasar horas en la barra de un bar; aprendí que un bar, es como un centro
de sicología, que, si no fuera, que, en algunos, se abusa del alcohol, es un
perfecto centro de terapia social, y más barato que la consulta del sicólogo, y
no digamos del siquiatra.
Ahora,
que los curas, ya no tienen feligreses, solo queda el bar, para las
confesiones, y para la socialización… Algunos aprovechan para leer el
periódico, otros, con dos cervezas y dos tapas (que no se cobran), ya cenan.
Por
eso, hay que cuidar a los bares, sobre todo, los de barrio y pueblos pequeños,
donde los vecinos se reúnen y socializan, porque (salvo las aldeas), son los
únicos sitios, donde la gente se encuentra, y se vincula con los demás, con
historias reales o no, con historias de barrio, de hijos, de penas y tristezas.
El bar es el sitio dónde se habla de todo, y casi nunca se cuestiona nada,
salvo cuando se juega a las cartas… ¡ahí hay gente “peligrosa” que no sabe
perder!
Y,
me doy cuenta, que sigo acodado en la barra del bar, con mi café humeante, más
negro que la negra noche, que no estoy en la conversación de nadie, porque no
necesito imperiosamente, compartir mi soledad con nadie, sino es con quién esté
cerca de mi vida y mi corazón… porque aún me quedan libros que leer, películas
que ver, charlas con amigos compartiendo mesa y mantel, y también con los que
están lejos, en la distancia, pero charlas con aquellos que me acompañan, en mi
camino diario.
Y,
de pronto, me siento un privilegiado, por todo eso, y porque me puedo sumergir
en la inmutable taza de humeante café, en un paisaje cualquiera, en el mar,
oteando el horizonte, tratando de ver en la distante tierra incógnita, e
imaginar que navego por turbulentos mares, que recorro valles y montañas, y por
la piel de aquél amor, tan cercano y tan lejano.
Y,
al final, me pregunto, si mi café, en este bar, ¿solo es una excusa para
sentirme parte de esta sociedad?
¿Lo
es? La duda seguirá ahí, por mucho tiempo…
¡Por
cierto, dentro de unos minutos, comienza la partida de tute!
Arteixo,
18 septiembre 2022
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