12 de octubre de 2023

LA TAZA DE CAFÉ (El bar)

LA TAZA DE CAFÉ (El bar)

Acodado en la barra del bar, con un café delante, me sumerjo en el negro líquido, cual navegante en la mar océano. Y, ahí se abren los pensamientos, en mundos diversos, en la luz y en la oscuridad.

Lejanas, me llegan las conversaciones de los parroquianos, que con una cerveza o una copa de vino mediante, comparten sus historias, historias de tiempos pasados y presentes, agrandadas, utópicas, torpes en muchos casos, donde cada uno es el héroe de las mismas.

Ninguno escucha al otro, cada uno hilvana el cuento… se atropellan entre sí, y las palabras se cruzan, sin coherencia… mujeres, dinero, política, fútbol… A pesar del viaje de mis pensamientos, por ese mar proceloso, destaca sobre los demás, me llega con claridad su monólogo… Es un tipo culto, pero solo habla él… es una forma de “demostrarse” que sabe mucho, y de muchos temas… y, además se lo quiere hacer saber a los demás. Es una forma de empobrecerse, ya que al no escuchar a los demás, a los que también tienen amplios conocimientos y experiencias, a los que, no teniéndolos, también tienen historias, y, también son sabios de la vida.

Todo eso me devuelve a mi derrotero, y, recuerdo que, nunca me gustaron los bares, más allá de compartir un rato con amigos, con la novia, con mis compañeros de facultad, cuando poníamos conocimientos en común.

Nunca me gustaban, más allá de los ejemplos anteriores, porque mi vida estaba lo suficientemente ocupada personal y laboralmente; y no necesitaba irme de casa para pasar el tiempo, ante un café, un vino o cualquier otra bebida, y tampoco hablar con el camarero, o con el compañero de barra.

Y, si en algún momento tuve que ahogar penas, lo he hecho en casa, solo, o con un amigo. Con el tiempo aprendí, que la gran parte de los parroquianos de un bar (normalmente hombres), acudían / acuden, no para ahogar penas (qué también), sino para huir de la soledad, y de ahí, que la barra de un bar, le sirve para encontrar a otros en su misma situación, con quién comparten esas heroicidades, inteligencias, riquezas soñadas o reales, conquistas amorosas, y otras aventuras exageradas, donde uno siempre es el héroe.

Así cada uno aumenta su ego, porque cuenta lo que cree que es, a otro, que no lo va a contradecir. Y, después de la primera ronda, llega otra y otra, y las historias se agrandan, en la medida que también se suman las rondas de bebidas.

Uno que no entendía eso, a pesar que mis padres tuvieron bar (quizás por eso), me costaba tanto, entender, como personas normales, con esposa, novia, hijos, se podían pasar horas en la barra de un bar; aprendí que un bar, es como un centro de sicología, que, si no fuera, que, en algunos, se abusa del alcohol, es un perfecto centro de terapia social, y más barato que la consulta del sicólogo, y no digamos del siquiatra.

Ahora, que los curas, ya no tienen feligreses, solo queda el bar, para las confesiones, y para la socialización… Algunos aprovechan para leer el periódico, otros, con dos cervezas y dos tapas (que no se cobran), ya cenan.

Por eso, hay que cuidar a los bares, sobre todo, los de barrio y pueblos pequeños, donde los vecinos se reúnen y socializan, porque (salvo las aldeas), son los únicos sitios, donde la gente se encuentra, y se vincula con los demás, con historias reales o no, con historias de barrio, de hijos, de penas y tristezas. El bar es el sitio dónde se habla de todo, y casi nunca se cuestiona nada, salvo cuando se juega a las cartas… ¡ahí hay gente “peligrosa” que no sabe perder!

Y, me doy cuenta, que sigo acodado en la barra del bar, con mi café humeante, más negro que la negra noche, que no estoy en la conversación de nadie, porque no necesito imperiosamente, compartir mi soledad con nadie, sino es con quién esté cerca de mi vida y mi corazón… porque aún me quedan libros que leer, películas que ver, charlas con amigos compartiendo mesa y mantel, y también con los que están lejos, en la distancia, pero charlas con aquellos que me acompañan, en mi camino diario.

Y, de pronto, me siento un privilegiado, por todo eso, y porque me puedo sumergir en la inmutable taza de humeante café, en un paisaje cualquiera, en el mar, oteando el horizonte, tratando de ver en la distante tierra incógnita, e imaginar que navego por turbulentos mares, que recorro valles y montañas, y por la piel de aquél amor, tan cercano y tan lejano.

Y, al final, me pregunto, si mi café, en este bar, ¿solo es una excusa para sentirme parte de esta sociedad?

¿Lo es? La duda seguirá ahí, por mucho tiempo…

¡Por cierto, dentro de unos minutos, comienza la partida de tute!

 

Arteixo, 18 septiembre 2022


No hay comentarios:

Publicar un comentario