La mirada perdida en el horizonte… ¡siempre está pendiente del horizonte…! No sabe realmente que hay más allá… ¡en la lejanía!
Es un día soleado, de un cálido otoño, que invita a disfrutar de la luz otoñal de esos días, cada vez más cortos…
El calor, le produce agradables sensaciones; el calor y la luz le iluminan la sonrisa y la perdida mirada…
Lleva largo rato sentado, en una silla de alto respaldo, que le permite mostrarse erguido, a pesar de sus años…
El cabello blanco, con profundas entradas y una recortada barba del mismo color, adorna su rostro surcado de arrugas… ¿Por qué no le dejan afeitarse, se pregunta?
Recuerda o cree recordar que, en algún momento él se afeitaba, y además le gustaba hacerlo, de tanto en tanto… Pero, ¿por qué ahora no puede?
¿Quiénes son esas personas, que no le dejan pasear solo, ni afeitarse, ni…?
Cambia el sentido de la mirada, y ve a otras personas cerca; algunos pasean, otros están sentados, inmóviles… en esa especie de jardín en el cuál se encuentra.
¿Quiénes son estas personas, y por qué están aquí?
No lo sabe, pero tampoco se preocupa, en realidad, ¿cuándo se ha hecho la pregunta? ¡Ya lo ha olvidado…!
La breve y suave brisa, le trae sensaciones, olores, ahora por ejemplo, siente uno muy particular… ¡muy agradable!, ¡no sabe que es, ni por qué, y el porqué llega a la emoción!, ¡pero le gusta!
Sus ojos, tranquilos, pacíficos, se fijan en un árbol, que le observa a pocos metros…, que extiende sus largas ramas hacia el cielo, como si de una imploración se tratara.
Sin saber cómo, comienza a ver unos chiquillos, pequeños, vivarachos, destacando uno entre ellos, es el más pequeño… ¿Quién es?
Corren, saltan… por caminos extraños, por verdes campos, ¡están debajo de un árbol, agarrando unas cosas extrañas, recubiertas de “pinchos” o espinas verdes, que rompen con los pies, para no hacerse daño, y, aparece otra “cosa” rara, no muy grande, marrón, y que los chicos le sacan una extraña piel o corteza, con pequeñas navajas, rascando, cortando, lo que está dentro, y se lo llevan a la boca… ¡lo comen entre risas, saltos…!
¿Quiénes son? ¿Qué es eso que comen? ¿Por qué se ríen?
Ese, ese es el olor que está percibiendo… ¿Qué es? ¿Qué es?
¡A él le gustaba “eso”! ¿Por qué no recuerda el nombre? ¿Por qué no le traen alguna vez?
Mientras sus pensamientos volaban hacia puntos dispersos en el medio de la niebla, alguien se había sentado a su lado, dándole un beso lleno de ternura… y le hablaba con voz cálida, mientras su mano descansaba entre las suyas…
¿Quién es esa persona extraña?
¿Por qué le había dado un beso y, tomaba su mano entre las suyas?
¿Cómo se atrevía a interrumpirle?
Pero, a pesar de su enfado contenido, reconoció algo en esa voz, y en ese rostro… le transmitía algo especial, ternura… esa ternura, que no sabe definir, pero reconoce en el calor de esas manos que sostienen la suya…
¿Por qué lo hace?
Escucha palabras entrecortadas… “¿estás bien?... los chicos…, mamá te envía…, estoy…, feliz…, vendré… llevar a casa, días…, juntos…”
No le entiende bien, la verdad es que olvida parte de las palabras que escucha, pero el tono, la cadencia de la voz y, sobre todo la mirada, la mirada de esa persona “extraña”, le tranquiliza, dulcifica su día soleado de otoño…
Mientras sigue oyendo las palabras sueltas, vuela de nuevo, y ve a un niño, a un bebé, bebé que se arrastra por los surcos, personas que trabajan la tierra… ¡Mamá! Mamá, ¿dónde estás?, grita en silencio ese niño, con vivas lágrimas… ó, ¿es él, el que grita en su interior, en ese silencio que ha tiempo le acompaña?
De pronto, da un respingo y, se aferra a su brazo derecho, con dolor, las lágrimas, ahora sí, le caen por su rostro lleno de arrugas y humedece su blanca barba… ¡Duele! ¡Quema! Es un niño que cae en una tina llena de agua hirviendo, quemándose parte de su cuerpo: el brazo, el hombro, su costado derecho…
¿Quién es ese hombre que agarra el niño en sus brazos y le intenta calmar?
¿Por qué duele tanto?
Desaparece el dolor y también el niño, pero vuelve a aparecer, más grande, corriendo por los prados, los maizales, los trigales, las tardes de verano, la fiesta… el monte… algo está haciendo sobre unas piedras cóncavas, ¡parece puré rojo!, ahora galopa a lomos de una yegua negra, durmiéndose frente al fuego en las largas noches de invierno…
¿Quién es? ¿Por qué lo está viendo?
Salta de nuevo, una forja, con un hombre mayor, enjuto… en el campo…; salta su mente de nuevo, pero le persigue ese niño… en otro pueblo, corriendo, saltando, llorando, peleando, en bicicleta…
Se cae, se levanta, se vuelve a caer… ¡se levanta!
La voz a su lado continúa, y una mano sigue acariciando las suyas, y de tanto en tanto, esa misma mano le toca las mejillas… ¡papá!, ¡papá me escuchas!
¿Por qué le llama papá?, ¡él no recuerda haber tenido hijos!, en realidad, no recuerda mucho… la niebla no se lo permite…
Su mirada se vuelve a perder… y ahora aparecen dos niños, saltando, corriendo, riendo, cantando, tirándose por el suelo con un hombre joven… paseos, viajes… sitios extraños, ¡diferentes!, ¡enfados! ¡alegrias! ¡dolor!
¿Por qué se enfada? Sí, son traviesos… pero, ve mucho amor en ellos…, ¡se enternece!, no conoce la razón, y las lágrimas vuelven a rodar por sus mejillas…
¿Quiénes son esos niños, ese hombre y esa mujer?
¿Qué significa ese coche en miniatura, o aquél vagón de tren?
Y, esa cosa por dónde circulan unos coches pequeños velozmente, sobre una especie de puente o camino…, todos ríen, bueno, alguno no…
Da un salto vertiginoso, está en una gran ciudad… ¡se siente extraño! Pero se adapta…, siempre se adapta…
Es como una película, que a veces, ve en ese aparato que tienen en el salón…, pero en este caso, los fotogramas están sueltos… y, ¡no sabe por qué!
¡Mamá! ¡Papá! ¿Dónde estáis…? ¡Niños, niños, callaos de una vez!
Los tiempos cambian, se corre, se trabaja con ahínco…
La decoración y el paisaje cambian vertiginosamente!
¡Cambian las situaciones, y las personas! La niebla le envuelve por momentos…
Tiene emociones encontradas… ¡alegría!, ¡tristeza!
¡Las situaciones cambian…! ¿Por qué cambian? Se pregunta.…
¡No tiene respuesta! De hecho, ya no sabe por qué pregunta… ni que pensaba hace solo unos segundos…
¿Quién es esa persona que le visita? Le da un caramelo y le sonríe, hablándole pausadamente… ¡El también sonríe! No puede ser maleducado, con esa persona que le sonríe y dueña de esa cálida voz.
Siente un dolor profundo, en un segundo, algo se ha roto… ¡es como un hilo…! pero ahora cambia el dolor, por la emoción palpitante…
¿Por qué? ¿Qué me pasa, se pregunta?
Siente que la mano que sostiene las suyas, se desprende, y le acaricia nuevamente la mejilla, sin saber cómo, la persona, ¡esa persona extraña! sentada a su lado, se levanta y le vuelve a dar un beso…
Escucha, entre sus brumas, un ¡adiós papá!, ¡no entiende…!
Se queda mirando a la persona de la mano y voz cálida, que le devuelve la mirada y le sonríe… se aleja, pero, puede ver en sus mejillas dos lágrimas…
¡Sigue sin entender! ¿Por qué llora?
Y, ¡de pronto, un rayo de luz rasga la niebla y llega a su mente!, y su mirada perdida, por un momento cambia…, y, ahora las lágrimas brotan de sus ojos, porque en ese momento, esa luz ha llegado al fondo de su mente y a su corazón… ¡esa luz le ha hecho comprender…!
¡Dios, que solos están los vivos sin sus recuerdos!
El fulgor apenas dura… su mirada vuelve a perderse en el horizonte, en busca de algo, en busca de alguien, en la búsqueda de aquello que no recuerda, la niebla le envuelve…, y en el camino de esa mirada, se cruza el árbol que le sonríe en una tarde cálida de otoño…
¡El silencio, el silencio le envuelve!, pero su mirada sigue buscando el horizonte… el lejano horizonte… queriendo rasgar, penetrar en la niebla… hacia su horizonte, allí donde el sol se abraza, se funde con la tierra… el ocaso… siempre el oeste… el final de la tierra…
Diciembre 8, de 2009
P.D.: Dedicado a la memoria de mi abuela, que un día fue asaltada por la niebla, y a todos aquellos cuya vida también engullida por esa niebla… y, a todos aquellos que les rodean, y no pueden hacer nada para despejar esa niebla que entró por la puerta de atrás, como ladrona de vidas…
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