28 de noviembre de 2010

TARDE OTOÑAL…

Apenas son las 4 de la tarde, y la noche pareciera echarse encima de un momento a otro…

Las nubes grises, metálicas y amenazantes, nos cubren por completo, amenazando la próxima tormenta de agua y frío, proveniente del Ártico.

A través del ventanal del salón, diviso el mar acerado no muy lejos, estorbado parcialmente por dos pinos caprichosos, que se interponen entre mi vista y la ondulada costa, la playa, y los tejados de las casas un poco más abajo…

Suena Handel de fondo, en esta tarde gris, casi noche, de un sábado frío y desangelado del que me protejo en este salón, calefaccionado y acogedor, en la soledad otoñal…

Me he acercado al mar, hará un poco más de dos horas, la excusa, siempre hay que tener una excusa, era comprar el diario y dar un corto paseo…

Al final, como siempre, el mar me ha atrapado… primero, desde una terraza cerrada en el mismo paseo, dónde decidí comer, y así ahorrarme el trabajo de cocinar…

Almuerzo ligero, como siempre, unas alcachofas con salsa de no sé qué, con habas y almejas, y un trozo de merluza en salsa verde, de las que di cuenta mientras pasaba las páginas del diario y de tanto en tanto, mi vista se perdía en el mar, que lamía la arena en un constante vaivén, a pocos metros de mi mesa…

Decido dar el paseo, a paso ligero; tengo los pies fríos, y el viento no es nada agradable…

Fijo mis ojos en el horizonte, y comienzo a andar vivamente, escuchando el lamento sordo de las olas que se baten en la orilla, y las gaviotas revolotean a pocos metros de mi cabeza, como suspendidas del cielo.

El color acerado se hace más notable e intenso, el viento golpea mi espalda y empuja mi cuerpo haciendo más rápidos mis pasos.

Soledad casi total, en este paseo al lado de la playa y más, otrora lleno de gente, dónde risas, gritos y conversaciones… ahora, soy, prácticamente, su único paseante… sus terrazas vacías, cerradas… todo está gris y frío, pero aún así, es una delicia caminar en este entorno de paz, silencio y abandono temporal…

Una pareja camina delante, juntos pero separados… no se tocan… aunque van conversando, pareciera que cada uno está en su propio universo… detrás les sigue su perro, también en su propio mundo, husmeando y yendo de un lado al otro, buscando… como todos… Se me acerca, pero ni él me interesa ni yo le intereso a él, y así con esa ignorancia mutua, cada uno sigue su camino…

Cuatro o cinco surfistas se aferran a sus velas y planean sobre las olas rebeldes, con pies firmes sobre sus tablas, luchando por mantenerse, cuál jinetes sobre caballos bravos, moviéndose con el viento que les lleva y arrulla…

Las nubes siguen amenazantes, en esta tarde otoñal, de invierno cercano, y la noche comienza a caer para envolver las soledades de todos nosotros…

Mi mesa, salpicada de libros y notas, me observa y clama por mi desorden de eremita costero, mientras Handel sigue sonando… En realidad es una tarde para Vivaldi, pero el reproductor se niega a ello, posiblemente para no escuchar la PRIMAVERA en esta tarde oscura y gris, de un otoño casi invierno.

Estaba dispuesto a sentarme en el sofá, ver una película, cualquiera, para dejarme llevar, posiblemente hasta dormitar, olvidándome de esta soledad otoñal…

Pero, habría sido una gran pérdida para mis sentidos; no ver el mar aún con mis pinos interponiéndose, acercarse la noche y el ocaso gris de este día otoñal, ni escuchar a Handel y al silencio que me rodea, volando mis pensamientos y mi pluma sobre el papel de mi cuaderno de tapas negras…

¡Qué pequeñas y maravillosas cosas nos perdemos sin darnos cuenta!

¡Qué instantes dejamos de vivir intensamente, simplemente por desidia, por pensar que se podrán recuperar más adelante, o por otras prioridades!

¡Qué y cuánto nos engañamos a nosotros mismos, buscando excusas y eludiendo momentos y tiempos para vivir plenamente!

¡Qué hermosa puede ser una tarde gris, metálica, acerada de otoño, de invierno cercano, vivida plenamente, aún en soledad, y en el silencio mágico de la cercanía de la caída de la noche!

La noche cerrada ya está aquí… las luces comienzan a vislumbrarse, el mar y el cielo se confunden ahora en su color de noche oscura…

Mi teléfono yace en un rincón, como abandonado, también en silencio… Me observan mis cuadros y mis plantas, y mi ordenador, también yaciente, permanece abierto, apagado, decepcionado por mantenerse alejado y no ser el foco de atención… todo es vida alrededor, flotando en el aire, en mí…

Mi soledad de eremita, se pierde en este cuaderno de negras tapas, y en el silencio de la música de Handel, con su Mesías, que arrulla mi canto silencioso, en esta noche fría, cerrada y, pronto lluviosa… del Mediterráneo.

El Aleluya se desata en toda su intensidad y la pluma vuela a su ritmo, en letras azules que conforman las palabras que salen del alma, que forman parte de la vida… Aleluya, Aleluya, Aleluya… en la noche ya cerrada de una tarde fría y otoñal…

27.11.10

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